VIENTRES DE ALQUILER: ÓRGANOS RENTABLES

La infertilidad puede provocar mucho dolor, frustración e incluso depresión. De hecho, muchos de los problemas emocionales de quienes la sufren coinciden con los propios de las crisis vitales y no es nada sorprendente, porque socialmente las mujeres, desde niñas, somos bombardeadas con mensajes que vienen a decir que la maternidad es uno de los principales logros, si no el principal, que se espera de nosotras. Tanto que durante generaciones se ha repudiado a las infértiles y las mujeres que se han planteado la no-maternidad como opción han sido la excepción, porque en el imaginario social esa alternativa no estaba disponible. Por eso cuando muchas mujeres que han construido su imaginario en esta cultura patriarcal llegan al límite de su vida fértil sin descendencia, o tienen dificultades para gestar, se ven obligadas a desmontar todo un hilo argumental que las ha acompañado durante su vida en torno a su identidad, para resituarse y recomponerse.

Ahora bien, que resulte perfectamente comprensible que una persona desee formar una familia con descendencia –y aquí podríamos incluir al colectivo gay-, no significa que todo pueda valer. Los deseos no son derechos, aunque tengamos suficiente dinero para comprarlos. Y la fuerza con la que están empujando las agencias que se autodenominan “de gestación subrogada” –organizando ferias, alimentando iniciativas parlamentarias, financiando campañas publicitarias-, para que en España se legalice el alquiler de vientres, exige que prioricemos este debate y descubramos ante la opinión pública todas las caras de este asunto, definamos los límites y el porqué. Las mujeres nos jugamos mucho aquí.

Hace unas semanas realicé una incursión particular en la feria “Surrofair 2017” que se celebró en Madrid. Una feria con expositores de agencias que gestionan la contratación de vientres de alquiler. Me acredité como posible madre de intención, como se denomina a quienes aspiran a contratar la gestación de un bebé y a atribuirse después la filiación del mismo. Quería conocer qué y cómo se explica el proceso a quienes acuden a informarse, qué venden, cómo es el mensaje en el tú a tú, y si era posible, un modelo de contrato de subrogación. El contrato no me lo quisieron dar.

En la retórica del evento hubo muchos detalles que me llamaron la atención, mucho color pastel, rostros sonrientes y palabras con mucho azúcar (ilusión, altruismo, deseo, sueños, ayuda,…) pero sobre todo voy a destacar uno sobre el que se sostiene gran parte del discurso comercial de la subrogación. Lo que se gesta, lo que se entrega, es un regalo, un sueño, un deseo, … un objeto. Se habla de la gestación de un ser humano de la misma forma que se podría hablar de producir sangre y donarla a alguien que la necesite. Es decir, como si la gestación fuera un proceso inocuo, imperceptible para quien gesta, como si no produjera cambios en el cuerpo, en la salud, en las emociones, en el estado de ánimo. En público se habla también de la gestación como si ésta no supusiera riesgos para la salud, física o emocional (aunque en el presupuesto que me facilitaron se contempla 1.818 euros de indemnización por la pérdida de útero de la gestante y la suscripción de un seguro de vida para ella).

También se habla como si ese proceso fuera a darse en una ventana espacio-temporal en la que se pudieran congelar las circunstancias, las emociones y la disposición de la mujer gestante. Un paréntesis de 9 meses en el que lo que impera son las condiciones de un contrato. Te comprometes a que crezca una vida humana dentro de ti, pero bajo ningún concepto podrás sentirte madre, porque por arte de un acuerdo comercial la gestación y la maternidad quedan desvinculadas. El cuerpo es así solo un recipiente, la mujer el complemento necesario de un órgano útil y rentable al mercado.

Hablan de un paréntesis de 9 meses en el que está permitido limitar derechos y libertades que tenemos reconocidos y que tanto costaron de conquistar (movilidad, relaciones sexuales, alimentación, lugar de residencia, aborto, filiación por nacimiento,…). Quizá haga falta recordar que las mujeres hemos tenido que conquistar el derecho de filiación por nacimiento de los hijos e hijas que parimos, porque éste les era reconocido a los padres, a ellos, y fue durante años una herramienta para el sometimiento de las mujeres a la voluntad de quien tenía el derecho sobre la descendencia que habían parido. Y ahora vienen unas agencias con intereses comerciales a decirnos que renunciemos a ello, libremente. Y vienen a decirnos que se regule, para que sea legal dicha renuncia. Si tiramos de ese hilo, podríamos legalizar la renuncia a derechos laborales, si encontramos a personas que “libremente” quieran renunciar a ellos. Todo es empezar.

En su discurso comercial, público, las agencias hablan como si fuera coser y cantar gestar una criatura y desprenderse de ella. Debe ser por eso por lo que, antes de firmar, la gestante se ha de someter a una evaluación psicológica para determinar si será capaz de cumplir lo contratado, evitar el vínculo con la criatura o abortar (o no hacerlo) si la familia de intención así lo decide en los plazos acordados.

Se habla, y esto es lo más preocupante, de aquello que se entrega o se dona como si se tratara de una propiedad, como si en lugar de un ser humano fuera un litro de sangre, algo que ha crecido dentro de una mujer pero que no genera vínculo, un objeto sin vida ni derechos propios, de lo que una puede desprenderse como quien va al centro de transfusiones, dona y al terminar le dan un bocadillo y la mandan a casa-.

La literatura que acompaña al merchandising de la gestación subrogada se encamina a liberar a los padres y madres de intención de la carga ética del proceso del que son partícipes, de la carga de responsabilidad acerca de los derechos que se le hurtan a la persona nacida y de la cosificación que se ejerce sobre la mujer gestante. Al hablar del bebé como objeto (“100% garantizado” dicen algunas agencias), como regalo, como deseo, como ilusión, en lugar de como persona sujeto de derechos, se deshumaniza y  se aligera la significación mercantil y de vulneración de derechos humanos.

Las agencias piden regulación en nuestro país, aunque ya está regulado, está prohibido, como lo está comprar órganos y el hecho de que haya personas que los comprarían para salvar su vida o la de sus familiares, no nos lleva a regular un mercado que permita esta compra-venta con catálogos como los que se ofrecen en las agencias de vientres de alquiler, tanto para elegir mujer gestante como donante.

Además, hay países en los que al realizarse la inscripción de la persona nacida por subrogación, se borra para siempre el vínculo documental que da cuenta de la subrogación y del origen de la persona nacida. En según qué países, la posibilidad de que el bebé pueda saber en algún momento de su vida cuál es su madre gestante o la donante no existe.

Hay varios países en Europa, como Gran Bretaña, que han dado marcha atrás  en relación a los derechos de las personas a conocer su origen genético y han pasado de una legislación en que se protegía el anonimato del donante a un cambio legislativo para garantizar que, cumplidos los 18 años la persona puede ejercer su derecho a conocer quien fue la o el donante de su material genético. En Finlandia, Islandia, Austria, Holanda, Bélgica o Suecia –con algunas diferencias- la legislación reconoce el derecho a conocer la identidad de la ascendencia una vez cumplidos los 18 años.

Y se ha dado este paso debido sobre todo a una cuestión, el anonimato supone negarle a una persona, que ha podido ser concebida en un laboratorio con la intervención de hasta 5 ascendientes, el derecho a conocer su identidad genética.

El parlamento Europeo, en una resolución de 2015 sobre el Informe anual sobre los derechos humanos y la democracia en el mundo y la política de la Unión Europea al respecto ”Condena la práctica de la gestación por sustitución, que es contraria a la dignidad humana de la mujer, ya que su cuerpo y sus funciones reproductivas se utilizan como una materia prima; estima que debe prohibirse esta práctica, que implica la explotación de las funciones reproductivas y la utilización del cuerpo con fines financieros o de otro tipo, en particular en el caso de las mujeres vulnerables en los países en desarrollo, y pide que se examine con carácter de urgencia en el marco de los instrumentos de derechos humanos”.

El Comité de Bioética de España señalaba recientemente que “todo contrato de gestación por sustitución, lucrativo o altruista, entraña una explotación de la mujer y un daño a los intereses superiores del menor y, por tanto, no puede aceptarse por principio”, propone sancionar a las agencias y favorecer un marco legal internacional que prohíba los contratos de gestación.

El último reducto de la argumentación comercial de las agencias es echar mano de la libertad de elección de las mujeres y del altruismo. Pero ¿se puede hablar de libertad y altruismo cuando la mujer que supuestamente dona con generosidad, libertad y altruismo no puede cambiar de opinión durante el proceso y echarse atrás? ¿Se puede hablar de libertad si la mujer gestante no puede tomar ni las decisiones médicas sobre su embarazo? Hablan de altruismo, de gestar y regalar una criatura para ayudar a alguien pero, los niños, las niñas ¿acaso nos pertenecen?

Anna Gimeno

 

 

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