La autora

 

Corría el año 66, y en las tierras del norte, muy cerca de París en un barrio de ensueño, Saint Cloud, mi madre, que casi no sabía leer ni escribir pero que limpiaba y cocinaba como sólo saben hacerlo muchas mujeres, por el solo hecho de serlo, se ponía de parto porque yo quería nacer. Mi padre y mi madre, como tantas otras personas, emigraron a principios de los sesenta para trabajar en la Europa reconstruida tras la segunda guerra. Hijos de campesinos sin tierras, hijas de la pobreza, del hambre de la posguerra y del analfabetismo, hijos e hijas de la necesidad.

Que yo naciera fue un milagro, fui el producto de “una marcha atrás” desafortunada; un día debía nacer y otro no; me imagino a mi madre, confundida  ante semejante contratiempo, en un país extranjero, teniendo que trabajar tantas horas…demasiada incertidumbre y a mi padre devanándose la cabeza y el corazón: podemos tener una hija, no podemos, debemos, no debemos, saldremos adelante, no saldremos. La interrupción del embarazo de modo clandestino era una opción. Mi madre tenía miedo a perder su empleo, elegía un trabajo que le procuraba un buen dinero a una hija a la que no le podía ofrecer seguridad y cuidados, una hija que se convertía en una dificultad más que añadir al desarraigo.  Sin embargo la aleccionada y dolorida consciencia de mis padres me salvo a última hora. Mi padre había perdido a sus dos hermanos y a su madre siendo niño, mi madre a su padre cuando sólo tenía dos años….decidieron hacer frente a la situación y cuenta mi padre que en medio de una nevada  de magnitudes imposibles nací yo. No se nos hizo de menos por ser una más, aunque evidentemente para mis padres era un esfuerzo extra; su excelencia en el trabajo doméstico, el nivel económico y cultural de sus patronos y las coberturas sociales de las instituciones francesas fueron suficientes. Mis padres trabajaban al servicio de varias familias instaladas en las mansiones de los Altos del Sena, en un parque nacional que ocupa más de la mitad de la ciudad, en el que se halla el palacio que ha sido residencia de numerosos soberanos franceses.

Recuerdo asistir a un colegio fantástico, con grandes árboles en el patio y un penetrante olor a madera de abeto; pasaba alguna temporada en España con mi abuela, mi abuela coraje que hacía de madre; de aquel tiempo nació un vínculo de amor que aún hoy perdura aunque ella ya no esté aquí, un vínculo que tardaría muchos años en establecer con mi madre.

A principios de los setenta regresamos definitivamente a Valencia, mi padre y mi madre habían comprado un piso, teníamos casa propia y una nueva vida por delante. Desde entonces hasta ahora han pasado más de 40 años y como todo ser humano he vivenciado multitud de experiencias. El hecho de pertenecer a una generación puente que enlaza la cultura rancia del franquismo con una deficiente transición y la “democracia”, ha hecho que más de una vez el suelo se tambalease bajo mis pies. Existe un abismo entre la educación emocional que recibí de mis padres y la que otorgo a mi hijo; existe otro abismo en cuanto a la educación cultural, en valores, en los marcos legales en los que nos movemos y aun así queda tanto por hacer…

Tengo que confesar que una buena parte de mi vida, me sentí una persona muy desgraciada, sentía que siempre había algo que no estaba en su sitio. Sufrí abusos por parte de un profesor de música cuando era niña: el tipo levantaba mi faldita amarilla de tablillas con florecitas violeta y me miraba las braguitas blancas de hilo mientras me daba clase de solfeo, supongo que le excitaba manosearme, era un pedófilo abusador. Aún recuerdo a mi padre cuando se enteró, si no lo  paran no sé qué hubiese ocurrido, pero sobre todo lo que más me quedó grabado era el miedo que yo sentí, el miedo al rechazo, los comentarios en voz baja de mis tías con mi madre, de mi abuelo y la angustia…ese dolor antiguo que se instala en el cuerpo y en la memoria, con el que aprendes a vivir pero que jamás te abandona, y que ante cualquier situación de menosprecio aparece y se manifiesta haciéndote sentir pequeña e indefensa.

Siempre me gustó estudiar y leer, aún conservo una curiosidad ilimitada, para ser del todo honesta creo que es mi refugio. Hay personas que creen que dispongo de mucho tiempo pero no es cierto, dispongo del mismo tiempo que el resto, nos diferencian tal vez las prioridades. La verdad es que necesito comer poco y dormir menos. Muchas madrugadas –aunque cada vez menos- me despierto y si no puedo conciliar el sueño, me levanto y me pongo a leer, a escribir o a cocinar; para esto último tengo el don heredado de mi madre que es una excelente cocinera y me ha enseñado bien.

Siempre quise estudiar, cursar estudios universitarios. Acabe el bachillerato y el COU en horario nocturno porque por la mañana o trabajaba o ayudaba en casa. Para entonces mi padre ya había elegido por mí, tenía que ser maestra, estudiar magisterio; dije que no, yo quería ser periodista, había estado haciendo trabajos en la radio para distintas emisoras locales y comarcales…era fantástico!, pero entonces tenías que ir a Barcelona para estudiar Periodismo, y claro una hija sola en un piso en Barcelona y menudo gasto!…imposible, la respuesta fue no y no estudié…así fue, nadie me apoyó, ni yo misma que tal vez entonces debí salir de mi casa y seguir otro camino tuve valor para hacerlo. ¿Fui cobarde?…puede ser, sobre todo no disponía de las herramientas necesarias para empoderarme y decidir.

Siempre tuve trabajo, el trabajo en mi casa era una exigencia, estar ociosa casi un delito. Sólo una vez recuerdo que nos fuéramos de vacaciones familiares a la playa, fue cuando nació mi hermano. Mi madre quedó muy debilitada; fue un verano magnífico, aún sonrío cuando lo recuerdo, mi abuela también estuvo con nosotras. Conservo fotos en blanco y negro de esas que son más pequeñas de lo normal con los márgenes blancos dentados….en todas estoy sonriendo!

Como decía, el trabajo en mi casa era ley para todos. Mi madre y mi padre trabajaban, así que yo, que era la mayor, tenía la responsabilidad -en la medida de mis posibilidades- del hogar, por supuesto además me ocupaba de mis estudios. Si trabajaba fuera de casa, entonces los fines de semana, el sábado, mi madre y yo teníamos que limpiar, cocinar, ir a comprar, etc.

Si no hacía bien cualquiera de estas tareas me quedaba castigada sin salir; si salía, a las nueve de la noche tenía que estar en casa; si llegaba tarde (media hora todo lo más) porque el autobús se retrasaba o sucedía cualquier otro contratiempo  mi padre se enfadaba y culpaba a mi madre… si me ponía pantalones era motivo de disgusto para mi padre, si me cortaba el pelo también. Sería interminable contar aquí todos los condicionantes con los que tuve que convivir muchos años como tantas otras mujeres entre las que también se encontraba mi madre. Como dice Rosa Guiralt, Fiscal especializada en violencia de género, si coges una rana de su charca y la metes en un barreño con agua caliente, la rana salta inmediatamente…pero si le vas aumentando paulatinamente la temperatura, un poquito cada día, la rana acaba acostumbrándose a vivir en un medio hostil que no es el que corresponde a su naturaleza. Yo he sido una de tantas ranas domesticadas.

Quiero decir que no culpo a  mi padre y a mi madre de nada, pues no me cabe duda que siempre intentaron educarnos y darnos lo mejor tanto a mí como a mi hermano y que en esto fueron ecuánimes pues las exigencias fueron bastante parecidas para los dos; por suerte para mi hermano yo ya era lo suficientemente mayor y tenía una cierta independencia económica como para apoyarlo cuando fue necesario, que pudiese estudiar una carrera y proyectarse en lo que deseaba, a la postre –y eso es mucho de las mujeres cuidadoras- que él hiciera lo que yo no había podido hacer.

A finales de los de los 80 mi padre se quedó sin trabajo y decidió montar varios negocios en los que nos embarcó a toda la familia como no podía ser de otro modo; primero un lavadero de coches, luego un bar restaurante…abríamos el bar a las 6 y media de la mañana para que los operarios que trabajaban en los talleres de la madera “desayunasen”, la mayoría estaban alcoholizados, qué si no se puede pensar de alguien que desayuna un sol y sombra o un barrejat de cazalla,  hombres que bajo la luz amarilla de la barra me parecían tristes y taciturnos. Yo tenía veinte años, servía en la barra y en las mesas mayoritariamente a hombres cansados, con un bajo nivel cultural, que me sonreían desdentados, con la mirada vidriosa y barba de varios días; y servía también a sus patronos, acicalados nuevos ricos con olor a agua de cologne, que se otorgaban el derecho de mirarme de arriba a abajo y soltarme algún “piropo” mientras se reían y jaleaban entre ellos.

Con la inestimable ayuda de un buen amigo –que por desgracia ya no está aquí- y que me ayudó a ver con más claridad, seguí estudiando por la tarde/noche, que era cuando libraba en el bar, y me preparé para buscar otro trabajo pues de continuar allí creo que habría perdido la alegría de vivir. Logré, tras algún empleo esporádico, una prueba de tres meses en un despacho en el centro de Valencia Tenía tres jefes directos, cuatro compañeros y tres compañeras. Allí trabajé durante más de quince años, pero mi condición de mujer no me permitió alcanzar la gerencia en una empresa de hombres. Conseguí tener la dirección de un departamento de ventas, fue fantástico, funcionó bien. Mientras tanto me había casado (1994), había conseguido salir de mi casa que poco a poco se había convertido en una prisión para mí y de alguna manera podría pensarse que me había empoderado y me sentía razonablemente feliz. Tenía 30 años, cuando empecé a estudiar Sociología en la UNED. Salía de trabajar a las 8 de la tarde y un par de días a la semana asistía a clases presenciales. Aprobé varias asignaturas con buena nota pero me fue imposible conciliar la casa, el trabajo y los estudios. Mi educación había sido muy severa y como consecuencia mi grado de auto exigencia era tan alto en todas las parcelas que humanamente era imposible llegar a todo. Me frustraba y volvía a sentirme triste, desgraciada e infinitamente desprotegida…o sea más o menos como siempre.

Creo que en buena parte, como fruto de esta forma de vivir antinatural y forzada desarrolle una esclerosis múltiple que empezó a mostrar síntomas a los 28 años, hoy tengo casi 51. Un año después de nacer  mi hijo, a los 33, ya estaba afectada por una hemiparesia que ha desembocado en la cojera con la que me conocéis. Esa cojera es posiblemente la traducción física de arrastrar una carga tan pesada, que probablemente no es solo mía.

Con todo debo reconocer que soy una persona muy afortunada porque la Naturaleza y el Feminismo me han dotado de una sensibilidad, una voluntad y una conciencia que me han permitido adaptarme y seguir creciendo, ¿qué es sino la evolución?

Soy dentro de  mi grupo de ACVEM (Asociación Valenciana de Esclerosis Múltiple) una de las pocas personas que todavía camina sobre sus dos piernas, para ello he trabajado muy duro, sólo yo lo sé: rehabilitación, alimentación, actitud, reflexión acerca de que había desencadenado esta enfermedad, reconocimiento, perdón, etc. Tampoco descarto que algún día no muy lejano tenga que sentarme en una silla de ruedas para desplazarme. De hecho alguna vez lo hago cuando es necesario.

Sigo en la escucha desde el corazón y el aprendizaje, porque si a la falta de atención –que por defecto sufrimos muchas mujeres – se hubiese unido la ignorancia y la incapacidad de perdonar, yo ya habría perdido la salud y la oportunidad de ver crecer a mi hijo, y acompañarle con todo el amor y la atención que merece. Porque tengo mucho que decir y ofrecer a otras mujeres, madres y no madres. Porque a veces carecemos de las herramientas para tomar conciencia de nuestras carencias y de los resultados que implica repetir patrones tóxicos. Porque demasiado a menudo  el miedo nos paraliza. Porque el star system nos engaña en pos de su beneficio incontrolado. Porque se nos escapa el criterio innato del que nos dotó la naturaleza entre tanta manipulación y cosificación. Porque a veces dejamos de ver lo que realmente importa. Porque ya no sabemos alimentarnos, ya no sabemos respirar. Porque no podemos consentir  instalarnos en la queja y en el individualismo que es el origen de todas las injusticias sociales. Porque hemos olvidado el carácter terapéutico del perdón, fruto de las desigualdades que padecemos…

Me ha costado mucho tiempo integrar la víctima superviviente, reconstruir mi identidad y pasar a ser la protagonista de mi vida.

A día de hoy, desde las distintas capacidades y discapacidades que integro, desde mi consciencia feminista, desde las grandes dosis de cariño y reconocimiento que recibo  cotidianamente, sigo trabajando por la sostenibilidad, la diversidad, por mi vida y por la de tantas mujeres que queriendo SER, o no pueden, o no les dejan.

Soy como el colibrí del cuento, hago mi parte por pequeña e insignificante que parezca.

En la actualidad soy concejala -por una candidatura independiente- en la oposición en mi municipio, vicepresidenta de una asociación por el cambio de modelo y hábitos de consumo, colaboro con la Plataforma Informe Sombra CEDAW País Valencià, con la Coordinadora Feminista de València y con cuantas iniciativas eco feministas permita mi salud y mi agenda.

Mi último proyecto es esta agenda que estáis viendo y que pretende aglutinar información acerca de las actividades que se desarrollen en pos de la Igualdad y de la defensa de los Derechos Humanos Fundamentales, tanto desde su difusión como, si es el caso, dando visibilidad a estos trabajos con algunas fotografías y una pequeña crónica como vengo realizando en mi muro de Facebook desde hace algunos años.

El 90 % de estas actividades las realizo con carácter solidario.

Espero que sea de vuestro interés y que colaboréis para que sea posible enviando información de los actos que proyectáis desde vuestros colectivos, fundaciones, instituciones o a título personal.

Gracias por vuestra atención.

Concha Martínez Giménez

Imágenes Vintage Fotografía Toni Lara